Nadie quería entender lo que pasaba, porque entenderlo daba pie a valorar las palabras del que estaba enfrente, valorarlas, pensar que tenían un sentido que no habías contemplado. Y eso daba lugar a un universo donde todos podían tener sus razones, y eso no querías admitirlo. Nadie quería que hubiera un mínimo resquicio por el cual la construcción del edificio ideológico pudiera resquebrajarse.
Nadie era partidario de poner cartas vacuas, tampoco era válida la opción de intentar entender al que pensaba distinto, se le tilda de adversario y punto. No pienses más, si dice algo que sea cierto intenta ridiculizarlo, falsealo, invéntante palabras en su boca para ponerle en evidencia, retuerce al máximo sus afirmaciones para que resulten hilarante u ofensivas. Es tu trabajo, es tu día a día si quieres montarte en el caballo de los nuestros. Si no lo haces, no estarás en ninguna foto, serás un deshecho, un residuo de nuestro trabajo, una mierda más de las que nos deshacemos, un error en nuestra cadena de producción del líder y de la victoria. Recuerda, no serás nada más.
Y, entonces, guardaste tu pregunta en el morral de las dudas, asumiste que no eras nada y que si querías ser algo tenías que callar, tenías que asumir que el señor guardia tenía razón, miraste a tu vecino que era de otro equipo y pudiste ver que también tenía un morral. Solamente por eso le odiaste, solamente por eso pensaste que era un siervo de aquellos a los que odiabas. Solamente por llevar el mismo morral que tu llevabas.
Jamás volviste a pensar que tú también llevabas un morral. El mismo, relleno con lo mismo, lo único distinto era el color del morral, pero el contenido...si hubieras mirado el contenido...ambos tenían el odio sembrado por otros, tenían el ideario de tu mente, y no era tuyo, ni el de tu vecino era el suyo. Era el que otros habían sembrado.
Esa noche os retasteis, cuchillo en mano, en el patio de la corrala donde ambos habíais compartido carajillos. Nada bueno podía presagiarse...
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